Uno de los retos más importantes de los viajes espaciales de larga duración es asegurar la salud mental de los astronautas que durante meses sufrirán los efectos del estrés, el aislamiento y el confinamiento. Para anticiparse a estos desafíos, científicos y agencias espaciales hacen simulacros y desarrollan entrenamientos específicos.
Uno de ellos, realizado por un equipo internacional liderado por las universidades de Zúrich y Berna, en Suiza, acaba de analizar cómo afectan estas condiciones a la dinámica de equipo en una misión de diez meses en la Estación Concordia, en la Antártida.
Los resultados se han publicado en la revista de la Academia de Ciencias americana, Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS).
Estación Concordia, con inviernos en los que las temperaturas se desploman hasta los 80 ºC bajo cero, es uno de los lugares más aislados de la Tierra, lo que le convierte en un lugar idóneo para simular misiones de larga duración como las que se llevarán a cabo en la Luna o Marte.
Durante diez meses, los 12 participantes del estudio llevaron sensores que registraban automáticamente información sobre cuándo y por cuánto tiempo estaban acompañados. Además, en distintos momentos del confinamiento completaron cuestionarios.
Con todo ello, los investigadores hicieron un seguimiento de la evolución de las relaciones sociales, la soledad, la desconfianza, los conflictos, la cohesión del equipo y el rendimiento de la tripulación.
Un bucle de retroalimentación negativa
En los diez meses de confinamiento, el estudio constató el progresivo deterioro de la salud psicológica individual y de grupo, con un aumento exponencial de los sentimientos de soledad y desconexión pese a la proximidad física con otros tripulantes.
Además, observaron un progresivo desarrollo de la desconfianza y los pensamientos paranoicos que les hacían pensar que otros estaban observándoles o hablando de ellos, unos síntomas que aumentaron notablemente entre el tercer y el sexto mes de la misión y que afectó severamente a uno de los participantes.
Pero uno de los hallazgos más sorprendentes fue descubrir que una mayor proximidad física y un contacto frecuente no tenía necesariamente un efecto positivo, sino que aumentaban la tensión y los conflictos y rebajaban negativamente el rendimiento individual y la cohesión del grupo.
Por último, constataron que, a medida que pasaba el tiempo, para buscar apoyo ante el estrés, los participantes tendieron a dividirse en subgrupos basados en su idioma y nacionalidad (franceses e italianos), un mecanismo que les brindó consuelo inicial pero dinamitó la integración de los equipos multiculturales.
Los resultados del estudio sugieren que a medida que la cohesión se deteriora, los individuos se sienten más solos y desconfiados, lo que aumenta la fricción interpersonal y retroalimenta la desconexión social y el estrés.
Aunque los hallazgos pueden aplicarse a otros entornos de confinamiento extremo como los submarinos, las plataformas petrolíferas en alta mar y las estaciones de investigación remotas, como las de la Antártida, el estudio es especialmente relevante para futuras misiones espaciales de larga duración.
“Los resultados muestran lo importante que es identificar las dinámicas sociales desde el principio y proporcionar a los equipos un apoyo específico”, afirma Jan Schmutz, profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Zúrich y codirector del estudio.
Estrategias para la salud mental
Para mitigar los efectos negativos del confinamiento prolongado en la salud mental, los autores sugieren llevar a cabo un monitoreo constante de las personas para rastrear los cambios en la rutina diaria del equipo sin interferir significativamente en las actividades de la tripulación.
Asimismo proponen implementar tecnologías, como sensores de proximidad portátiles, para lograr un seguimiento continuo y objetivo del comportamiento de la tripulación, preparar estrategias proactivas para gestionar los conflictos y llevar a cabo una cuidadosa selección de la tripulación para evitar que el grupo se divida en subgrupos según su diversidad cultural o lingüística y reducir el riesgo de fragmentación social.
En investigaciones futuras, los autores examinarán más de cerca qué interacciones sociales ayudan a reducir el estrés y cuáles pueden generar una tensión adicional.
Con información de EFE
