Como un reloj de arena,
la vida se desliza
en la fragilidad
del instante.
Entre partículas finas,
cada grano
late con memorias
sin nombre.
Nos revela
que entre la infinitud
y la pequeñez,
una molécula
puede sostener
un abismo.
Y cae.
Un grano recuerda
lo que el universo
olvida,
y al resbalar
regresa
a su origen.
Pero juntos,
en el murmullo
de la orilla,
tejen vastas
extensiones:
desiertos,
playas,
cuerpos de tiempo
dormido.
Así es nuestra
diminuta estancia
frente al universo:
somos gravilla
errante,
una pausa
en la respiración
del espacio.
Hoy estamos.
Apenas.
Mañana,
seremos arena.
Leonardo Ferrera
